No basta con agradecer a Dios solo con palabras,
si el agradecimiento no brota del alma.
No basta con rodearnos de buenas energías,
cuando en nuestro interior solo hay vacío.
No basta con dar, sin sentir el impulso,
cuando la ira, la envidia y los malos comentarios
nublan el corazón.
No basta con desear ser lo que no podemos,
ni agradecer lo que en secreto despreciamos.
Es la actitud la que marca la diferencia:
hacerlo con gracia y benevolencia,
o simplemente por costumbre y obligación.
No basta con palabras elegantes,
si por dentro te ahogas en el humo denso
de la indecisión y la desgana.
No basta con calmar el hambre o sofocar la ira,
cuando el miedo y el egoísmo aún nos dominan.
Agradecer a Dios es desnudar el alma,
es despojarse de lo falso,
es honrar la vida con acciones sinceras,
con emociones genuinas
y con el deseo auténtico de demostrar
a quienes nos rodean que dar gracias es reconocer el milagro de existir.
Porque cada ser es un universo divino,
único y valioso,
y nuestra gratitud solo tiene sentido
cuando se convierte en amor y entrega.
Monibe